sábado, 8 de febrero de 2014

CRÓNICA DE LA VI JORNADA DE SENDERIMO ROMÁNICO EN TORNO AL MONASTERIO DE SANTO TORIBIO DE LIÉBANA

      Tiempo de crisis, tiempo de dudas: gasolina o gasoil, dieta o caramelos, románicos o románticos, subir a Cueva Santa o a la ermita de San Pedro.
 
      El 25 de Junio hicimos una visita a los eremitorios que surgieron en torno al monasterio de Santo Toribio de Liébana, en monte La Viorna.
 
      El calor apretaba, las moscas nos rodeban y los lugares que queríamos visitar estaban escondidos entre las encinas al final de "pindios" caminos. La ilusión por ver estos restos pudo más que las dificultades, y tras mucho sudor y alguna parada, pudimos descansar junto a los muros de Cueva Santa (a la que llegamos siguiendo las indicaciones de un dudoso cartel sujeto a un árbol con una cuerda roja).
 
      Sólo una pareja de valientes pudo disfrutar del encanto de las ruinas de la ermita de San Pedro, aún más escondida.
 
      La ermita de Santa Catalina, que acoge el Centro de Interpretación, la de San Miguel, Congarna... más accesibles, mejor conservadas, ofrecen además una preciosa vista del macizo oriental de los Picos de Europa.
                               
 
      El intenso calor, protagonista de la mañana, fue estupendamente combatido con la auténtica sidra asturiana que nos trajo Cristina elaborada por su familia.
                                                   Ermita de Santa Catalina
      Cuando superamos fuerzas, fuimos al encuentro de Pilar, que nos esperaba en la iglesia vieja de Potes para guiarnos a través de los Beatos. En esta visita disfrutamos con las miniaturas de muchos artistas anónimos y reconocimos el trabajo de la "monja". En este espacio Juan Antonio pudo fotografiar interesantes miniaturas inspiradas en el Libro de Daniel.
                                                                  Mirando el plano
      En la exposición de la Torre del Infantado pusimos a prueba lo aprendido, jugando como niños en la recreación del mundo del Apocalípsis.
                                                           Descansado a la sombra 
      Camacho hizo su selección, y entre jamones y quesos, Norman y Daniel, psicóticos y apócrifos, siempre nos quedará la duda: si la romántica Susana fue casta o tuvo dos amantes.
                                               Comiendo en la explanada del monasterio
 
Texto: Carmen García y Juan Calero. Santander
                                             Escuchando las explicaciones de Pilar

viernes, 7 de febrero de 2014

MONASTERIOS "de ASTERIX" (y 2ª Parte)


      Claramente, existía un ordenamiento urbano, pero estaba alejado del modelo mediterráneo. Dos corrientes principales se unen para darle origen. Una es el tipo de habitación nativo, denominado rath o dún (o cashel, que es un préstamo latino) según su amplitud e importancia, que hunde sus raíces en la Edad del Bronce y del Hierro. El otro es la preocupación cristiana por el simbolismo del cosmos ordenado, sacralizado por Cristo, aunque muchas veces hay elementos puramente nativos en este simbolismo.

      El tipo de habitación nativo normal consistía en un emplazamiento rodeado por una muralla de piedra o de terraplén, con una forma más o menos circular (ejemplo: esta pequeña residencia señorial de la costa del Kerry, Dunbeg). Dentro del recinto hay una o varias casas, de piedra o de adobe, depende de la riqueza del dueño, con objetivo de habitación y de almacenaje, o de espacio para los animales. El terreno libre se llamaba líos (liss) y ha dado nombre a algunos lugares, como el del monasterio de Lismore, por ejemplo. Campos y pastizales se encuentran alrededor, muy cerca, más o menos protegidos por muretes u otras formas de parcelamiento.
 
      Un tipo de habitación civil curioso, en el que también hay ejemplos monásticos, era el crannóg o habitación lacustre. Una o varias casas se asentaban sobre un islote artificial construido sobre las aguas someras, cercanas a la orilla de un lago, a base de pilotes de madera y cimientos de cascajo: huesos, piedras, ramas y detritus en general formaban un fondo sobre el que apisonar la tierra que formaba el terreno libre. Este tipo de construcción es de las más antiguas de la zona.

      Las casas eran normalmente circulares o rectangulares, de piedra seca o trabada con muy poco cemento; o bien, mucho más sencillas, de zarzo y adobe. Los tejados, como se sigue haciendo en la tradición rural del país, de paja, bálago o juncia perfectamente apelmazada y trabada, para evitar la entrada de agua de lluvia. El sistema constructivo consistía en plantar primero la estructura exterior e interior de pilares de madera y el entramado del techo (apoyado a menudo en un bastidor de cuatro pilotes) y luego cubrirlo todo con zarzo y adobe, colocando al final la techumbre.

      Bueno, pues los monasterios seguían esos patrones. Planos normalmente circulares en los que la zona central está ocupada por lo más importante: el templo. Adyacente, puede estar la casa abacial o un lugar de reunión común, aunque es seguro que muchas reuniones y rituales se llevaban a cabo al aire libre (en Irlanda hubo un tiempo en que llovía menos). Hay que tener en cuenta que los templos tenían dimensiones muy reducidas: dentro cabían apenas los sacerdotes y diáconos, lo cual obedecía a un sentido ritual más que arquitectónico; pensemos en las dimensiones de Santa Mª de Lebeña o Santa Cristina de Lena... Pero imaginemos que las particiones interiores, sin recurso a pilares de piedra, serían a base de mamparas de zarzo o planchas de madera. Debieron existir iconostasios de madera labrada y pintada y, sin duda, había iconos y tapices adornándolo todo.

      Seguramente, como vemos en la reconstrucción de Devenish, la mayor parte de las habitaciones eran cabañas de zarzo y adobe, obedeciendo su construcción a técnicas que se remontan a la Edad del Hierro. La iglesia, sin embargo, podría estar hecha con otra técnica, de la cual son ejemplo las “stavkirke” que se conserva en Noruega. Algunos arqueólogos proponen que, precisamente, los templos irlandeses fueron el modelo de las stavkirke escandinavas, y hay restos conservados en las Islas Británicas que corresponden a la época en cuestión (s. IX ó X).


      Existieron modelos regionales. Por ejemplo: el modelo de Scélig Mhícheál (izquierda), en el que las celdas monásticas estan construidas de piedra seca, con un sistema de aproximación de hiladas antiquísimo y un resultado muy parecido al de un iglú. Este tipo, llamado en la jerga arqueológica beehive hut, “celdas de colmena”, o en lengua nativa clochán (o “escalera de piedra”) estaba extendido por la costa sur/suroeste de Irlanda, quizá marcando una ruta costera de peregrinación y comercio.
 

      Fuera del espacio sagrado, que se marcaba con algún tipo de cerramiento o murete, el término monástico poseía dependencias orgánicamente relacionadas y muy cercanas al recinto principal: campos de cultivo, talleres artesanos, corrales de ganado y de pesca, molinos, etc. En los monasterios más grandes, se documentan otras dependencias religiosas menores: un albergue/hospital para peregrinos, un enclave de anacoretas en torno a un pozo santo; dependencias o “barrios” en los que viven los estudiantes, como los “Tercios” (Trian) de que constaba Armagh y que debió tener también Clonmacnois, etc. En Clonmacnois, a un escaso kilómetro del núcleo monástico, sabemos de la existencia de un convento de monjas. Quiénes fueron estas monjas, cuál era su organización y su  relación con el monasterio masculino, no se sabe. En el s. XII fueron sustituidas por un grupo de Canónigas Arroasianas, enlazadas familiarmente con los reyes de Mide, que duraron poco en el enclave y que, sin embargo, dejaron uno de los mejores restos románicos de Irlanda, los pórticos de la iglesia que veis en la foto, Nun’s Church.


      Después de las incursiones vikingas, en los siglo IX al XI los monasterios vieron cambiar algunas de sus características arquitectónicas. En primer lugar, aparecieron esas construcciones tan peculiarmente irlandesas, las “torres redondas” (round tower), en nativo cloictech o “casa de campanas”, de varios metros de altura, distintos pisos accesibles solo mediante escalas de madera, cuerda o de pelo trenzado (como sugiere este señor) puerta sobreelevada respecto al suelo y remate picudo.


      No echeis las campanas al vuelo: las campanas irlandesas que se conservan eran más bien cachivaches de mano, más parecidas a las esquilas del ganado que a los magníficos instrumentos musicales de bronce de nuestras aldeas. Probablemente, se tañían a golpes de mazo, como en algunos monasterios ortodoxos actuales, pero es dudoso que se oyeran tanto y tan claro como las de por aquí, aunque eran un importante elemento ritual y simbólico, como demuestra el que se convirtieran en reliquias, con ostentosas fundas de exhibición. Así que todavía no sabemos muy bien para qué servían las dichosas torres redondas, cuyo caracter defensivo salta a la vista.

      De esta época datan también la mayoría de las Cruces Altas, especialmente las del estilo de “Las Escrituras” a las que ya dedicamos un post anterior. Las cruces, como ejemplo de arte escultórico (y sin duda, pictórico) están unidas al afianzamiento del poder político y a los pactos de protección mutua de los abades con algunos reyes provinciales –caso de la Cruz de Flann de Clonmacnois, unida a los reyes de Mide— a quienes les ataban importantes lazos de sangre y de clientela intertribal.

      Otro cambio fundamental fue la aparición de edificios de piedra que sustituyeron a los de madera, sobre todo a las iglesias, ya dañadas o decadentes. Se trata de la damliag (casa de piedra) como la que tuvo Clonmacnois, de cuya función nos dan ciertas indicaciones los Anales. Eran edificios que seguían con cierta fidelidad sus modelos de madera y que, seguramente, tuvieron cubiertas de carpintería. Los pocos ejemplos que quedan carecen de esta, siendo casi un milagro que el tejado a dos aguas no se haya venido abajo. Un buen ejemplo es de la Cocina de San Kevin de Glendalough.  

      Estos edificios eran rectangulares, con un tejado muy empinado y los lados menores a veces terminados “in antae”. En la damliacc de Clonmacnois, cuyos restos actuales son los de una iglesia, el tejado estuvo adornado con tejas que mandó poner en 1079 el abad Máel Ciarán, gran impulsor de obras “públicas” en el sitio, pues hizo también caminos empedrados que comunicaban las distintas zonas del término con el enclave principal.

     Algunos de estos templos, ya un siglo más adelante, se ataviaron con pórticos de un estilo extranjero que a partir de entonces empezó a verse acá y allá en los monasterios irlandeses: el románico. Pórticos y ventanas, en la mayoría de los casos, se incrustaban literalmente en el edificio antiguo, sin reformar nada de su estructura.

     Dejo como ejemplo de ello el pórtico de la iglesia de un monasterio “coarbial” de Roscommon, situado en las orillas de un lago y junto a un pozo santo inmemorial. Se trata de Kilronan, “la iglesia de Ronan” herencia de los Uí Duigenan y señorío de los sub-reyes de Connacht, los Meic Diarmada. Y ahora, ¿no os preguntáis qué quiere decir “coarbial”? Pues la explicación la dejo para una próxima entrega sobre los monasterios de Irlanda.
Texto: Carmen Leal. Madrid


 

BIBLIOGRAFIA & LINKS

Françoise Henry: Irish Art: In the Early Christian Period (to 800 A.D.) Cornell University Press, 1965.

F.J. Byrne: Irish kings and High Kings, Dublin 1973.

http://www.philarm.com/   en este portal Philip Armstrong muestra sus dibujos de las estupendas reconstrucciones de espacios monásticos irlandeses que hemos utilizado en el post.

http://www.100objects.ie/ en este portal (también libro electrónico) hay 100 objetos significativos de la Historia de Irlanda, entre ellos la campana de S. Patricio (sin relicario) de la ilustración.

 

jueves, 6 de febrero de 2014

MONASTERIOS de "ASTERIX" (1ª Parte)


La forma de los monasterios irlandeses (s. VI-XII)

      Cuando se dice la palabra “monasterio” se evoca en el oyente o lector una imagen de un espacio ordenado de una manera que recuerda mucho a la de una ciudad de las que conocemos. La “ordenación” urbana de un monasterio nos lleva directamente a identificar la civitas dei con una ciudad mediterránea. Al fin y al cabo, la tradición urbanística medieval lo hereda todo del mundo romano y algo del mundo oriental, muy anterior en su planteamiento de ciudades “levíticas”, sagradas, organizadas en torno a un templo y sus profesionales.

      En el monasterio existen distintas zonas. Por un lado construcciones funcionales para el sustento material del establecimiento. Existen zonas privadas, a las que tienen acceso solamente los miembros de la comunidad: el escritorio o las habitaciones de los monjes, por ejemplo. Por otro lado, está “la ciudad sagrada”, cuyo centro es el templo, donde predomina un amplio espacio público para acoger a visitantes; no podemos olvidar tampoco la existencia del albergue u hospital de peregrinos. Si vemos fotografías de enclaves ortodoxos, nos damos cuenta de que ni siquiera las diferencias rituales o doctrinales hacen cambiar la imagen, aunque en la forma del templo predomine un tipo de planta distinto al canónico en Occidente. Todo ello, salvando distancias de tiempo y de particularidad geográfica, claro.

     Pero, ¿qué pasaría en un lugar donde no existiese la tradición urbanística mediterránea? ¿Se importarían directamente los modelos o podríamos asistir a una fusión entre cualesquiera modelos nativos y los “estilos” forasteros?
                                           Configuración inicial de una villa irlandesa
                                       
      Como en otros casos, Irlanda nos proporciona un ejemplo estupendo de esto. Sabemos que en Irlanda no existieron “ciudades” en el sentido que nosotros las conocemos hasta el siglo XIV ó XV, cuando se intensifica la influencia de la cultura anglo—normanda sobre algunos puntos claves del país, especialmente dentro del territorio conocido como Pale (“dentro de la empalizada”). Fuera de este ámbito, el mundo era eminentemente rural y “salvaje”. De todos modos, las primeras que pueden llamarse ciudades aparecieron en relación con poblaciones escandinavas situadas en los estuarios de grandes ríos, en lagos y junto al mar: Dublín, Limerick, Galway, Cork (siglos IX-XI). El modelo de éstas es el del enclave comercial vikingo, es decir una agrupación de numerosas cabañas cuadradas, entre las que corren calles de “puentes” o caminos de madera (que ya eran conocidos anteriormente en Irlanda), asentados sobre el fondo blando de los depósitos fluviales por

 http://www.viking.no/e/images/dubhouse.jpg

medio de pilotes. El centro de la ciudad era el puerto y había una empalizada que defiende relativamente el enclave, sujeto a inundaciones e incendios repetidos. Conocemos bastante bien estas ciudades gracias a las muchas, exitosas y rápidas excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en la ciudad vieja de Dublín, como sabemos, fundada por escandinavos en el s. IX. Anteriormente a esas fechas, las únicas ciudades que habían en Irlanda eran… ¡Exacto! Las “Ciudades de Dios”, los monasterios. Irlanda, recordemos, había sido cristianizada (o re—) en el s.V.
                                                                Clonmacnois


      Se conservan íntegros pocos recintos monásticos medievales irlandeses. Los únicos enteros —por ej. el eremitorio de Skellig Mhícheál— son demasiado peculiares para poder tomarlos como ejemplo general, aunque poseen características interesantes.

      Esta reconstrucción del primitivo monasterio de Devinish (s. VII), en el norte de Irlanda, está basada en datos arqueológicos. Es cierto que nos recuerda la “aldea de Asterix” de los cómics, pero tal era la imagen de la mayoría de los monas terios irlandeses desde las primeras fundaciones hasta bien entrada la Edad Media.

      Y hablamos tanto de los grandes monasterios (caso de Clonmacnois, que recibe en las fuentes escritas en latín el nombre de civitas) como de los más pequeños. Unos y otros formaron una red de “ciudades” extendida por toda la isla, que fue el fundamento de la mayoría de las poblaciones que hoy dia se encuentran en Irlanda, aunque éstas tienen una fisonomía que procede de cambios urbanísticos muy posteriores, entre el s. XVII y el XIX. Es decir: los monasterios fueron el origen de la población y de su nombre, de ahí que la toponimia registre tantos Kill- (que no son “asesinatos”, sino iglesias, Cíll) pero su forma actual ya no le debe nada, o muy poco, al enclave original.

      El caso es que en esos sitios “tan primitivos” se crearon joyas como El Libro de Kells, la orfebrería “neolateniense” de broches y objetos litúrgicos, o las Cruces Altas de las que ya hablamos(1). En estos sitios se escribieron los maravillosos compendios de historias legendarias de los irlandeses paganos, que tanto subyugan a los investigadores de la Céltica de la Antigüedad.
                                                       Plano de una Civitas Dei


      Claramente, existía un ordenamiento urbano, pero estaba alejado del modelo mediterráneo. Dos corrientes principales se unen para darle origen. Una es el tipo de habitación nativo, denominado rath o dún (o cashel, que es un préstamo latino) según su amplitud e importancia, que hunde sus raíces en la Edad del Bronce y del Hierro. El otro es la preocupación cristiana por el simbolismo del cosmos ordenado, sacralizado por Cristo, aunque muchas veces hay elementos puramente nativos en este simbolismo.
Texto: Carmen Leal. Madrid

(1) "TRES CRUCES IRLANDESAS" de Carmen Leal.

BIBLIOGRAFIA & LINKS

Françoise Henry: Irish Art: In the Early Christian Period (to 800 A.D.) Cornell University Press, 1965.

F.J. Byrne: Irish kings and High Kings, Dublin 1973.

http://www.philarm.com/   en este portal Philip Armstrong muestra sus dibujos de las estupendas reconstrucciones de espacios monásticos irlandeses que hemos utilizado en el post.

http://www.100objects.ie/ en este portal (también libro electrónico) hay 100 objetos significativos de la Historia de Irlanda, entre ellos la campana de S. Patricio (sin relicario) de la ilustración.

sábado, 1 de febrero de 2014

IGLESIA RUPESTRE DE "CAMPO DE EBRO"



      En el valle de Vaderredible – su etimología proviene de “Val de Ripa Hibre” cuya traducción sería “Valle de la Ribera del Ebro”- es la comarca más meridional de Cantabria, lindando con las provincias de Palencia por su lado occidental y Burgos, por el oriente. Su composición geológica –abundante en roca arenisca y toba – fue causa principal de que surgiera por estos pagos en la Alta Edad Media innumerables iglesias y eremitorios rupestres excavadas por ser muy moldeables las rocas.

                                            Peñón donde está excavada la iglesia


      En su datación cronológica  existen discrepancias entre los estudiosos de estos enclaves rupestres: unos los incluyen entre los siglos VI-VII y otros en el periodo que va del siglo VIII al X. Según el P. Bertín Gutierrez en su monografía sobre la “Colegiata de San Martín de Elines” dice al respecto: “(…) si se dedicaban a cristianizar, se trata de esa época, aún pagana, de finales del siglo VI; y si eran monjes que recristianizaban, son del siglo VIII al X, una vez que el enemigo islámico había sido empujado al sur”.

DESCRIPCIÓN:

      La iglesia que nos ocupa se ubica en el pueblo de Campo de Ebro, detrás de la iglesia parroquial de San Miguel y a un lado del cementerio. Fue declarada Bien de Interés Cultural (BIC) en 1985. 

                                      Muro meridional de la iglesia con la puerta de acceso


      Consta de una sola nave, de planta rectangular alargada con una protuberancia en medio de la techumbre que, según la opinión de Bohigas Roldán bien pudiera ser “los restos de un pilar central suprimido”, dando lugar, en su origen, a dos naves.

                                       Galería de comunicación entre los dos habitáculos


      Un arco triunfal de medio punto irregular da acceso por medio de dos peldaños a la cabecera de forma cuadrangular cubierta con una bóveda de horno de realización imperfecta. Presenta, además, un banco corrido labrado circundando los muros internos de la nave. La puerta adintelada, ubicada al sur, está remodelada con sillares. A ambos lados de ella se abren dos vanos: uno es de fábrica con dintel, más el otro está excavado en la roca. El suelo de la ermita es rocoso con algunas parcelas de lajas. Se percibe que una parte del pavimento fue removido con el afán de encontrar “tesoros”.

                                     Arco irregular de separación entre la cabecera y la nave

      Como curiosidad histórica, el templo fue parroquia, más tarde escuela pública y, finalmente,  refugio  de los vecinos durante la Guerra Civil.   
Texto y fotos: Javier  Pelaz. Santander

BIBLIOGRAFÍA

BOHIGAS ROLDÁN, R. : Yacimientos arqueológicos medievales del sector central de la montaña cantábrica. Tomo. Monografías Arqueológicas de la ACDPS, nº 1. Santander 1986, pp 187-188.

MONREAL JIMENO, L.A.: Eremitorios rupestres altomedievales (el Valle del Ebro). Universidad de Deusto 1989, pp 46-47.
P. BERTÍN GUTIERREZ LÓPEZ: La Colegiata de San Martín de Elines. Colegiata-Parroquia de San Martín de

viernes, 31 de enero de 2014

LA IGLESIA DE SANTA MARÍA DE PIASCA VÍCTIMA DEL "MAL DE PIEDRA"

      Una de la joyas románicas de Cantabria, la iglesia lebaniega de Santa María, del pueblo de Piasca, viene padeciendo desde hace unos años el llamado "mal de piedra". La alarma de su deterioro progresivo saltó cuando aparecieron desprendidos trozos de canecillos, metopas y capiteles de los ábsides central y sudeste de la cabecera románica. 
 
     
                                                           La iglesia y su entorno

      Inmediatamente comenzó los trabajos para detectar las causas de los desprendimientos. En primer lugar se desmontaron las piezas dañadas para someterlas a un tratamiento especial y a su posterior restauración, tras conocer los resultados de los análisis pertinentes realizados en Madrid.
 
      La actual iglesia es lo único que permanece en pie del antiguo monasterio dúplice, que ya funcionaba en el año 930 como lo testimonia la documentación conservada.
 
      En 1172 se erige la actual fábrica bajo la advocación  de la Virgen. Lo más interesante y valioso del templo es su decoración escultórica  de la fachada occidental, donde se halla la puerta principal. No menos importante es también la portada conocida con el apelativo de "El Cuerno", sin olvidar las piezas iconográficas de la cornisa de la cabecera.
 
     
                                                                Fachada occidental

      Según las declaraciones -aparecidas en un periódico de la región- del arcipreste de la comarca lebaniega el origen hay que buscarlo "en la gran cantidad de cemento que se usó para las obras de conservación del tejado, en los años 50 y 80 del pasado siglo. Cuando llueve, el cemento se diluye, y a cristalizar, aumenta considerablemente el volumen destruyendo la piedra". Ante la delicada situación, "se ha procedido -añade el arcipreste- a desmotarr las piezas de canecillos, metopas y capiteles de las cornisas de los dos ábsides para poder tratarlos, endurecerlos y, posteriomente, restaurarlos. Después, se han cubierto con unas gasas y se encuentran depositadas en una de las dependencias anexas a la iglesia. Muy posiblemnte, después de la restauración se hagan réplicas de las mismas y las originales estarían en un centro de interpretación del Románico".
 
     
                            Los pegotes de cemento sobre las metopas de la última restauración

      Ante la perspectiva de la no recolocación en sus lugares de origen de las piezas restauradas las opiniones de algunos vecinos no se han hecho esperar: no están de acuerdo que unas réplicas suplanten a las originales. La polémica está servida.


Fotos: Javi Pelaz. Santander

miércoles, 29 de enero de 2014

CRÓNICA DEL XI SENDERISMO ROMÁNICO POR EL VALLE DE LEBEÑA

      La verdad es que cuando salimos de Santander no creíamos que la borrasca fuera a darnos una oportunidad.
 
      Pero aunque cayeran chuzos de punta e hiciera un frío que nos obligaba a llevar el forro polar hasta las orejas, el mal tiempo nos permitió uno de  los encuentros más agradables que puedan darse. Buena conversación, estupendo paisaje, comida sana... y delicias románicas para todos, a invitación de Amigos del Románico de Asturias y Cantabria.
 
     
                                                Cementerio de Cabezón de Liébana
 
      La vista comenzó en Santa María de Lebeña, con una lluvia suave que se hizo más fuerte y que, poco a poco, añadía paletadas de blanco en las cumbres que nos rodeaban. No es sólo que Lebeña sea una pequeña joya pre-románica, con esas armoniosas decoraciones vegetales en los capiteles de sus columnas adosadas. Es que tiene el tamaño justo, humano, para un templo encuadrado en tan grandioso paisaje. Es el canon anterior a las grandes necesidades del románico, producto de comitentes poderosos y necesitado por masas de personas de peregrinos en movimiento: un canon arquitectónico de influencia visigótica o, al menos "visigoticista" que sorprende por su sencillez.
 
      Hay que resaltar la forma en que nos explicaron sus detalles, con ese humor un poquito socarrón de la guía local, María Luisa. Hasta el calorcillo de la estufa, conspiró para hacernos sentir como en familia. Y qué decir de unos traguitos de sidra para celebrar el encuentro, en el pórtico, mientras la niebla iba y venía...
 
     
                                                   Capitel de Santa María de Piasca
 
      Por unanimidad y ante lo imposible de hacer la caminata programada a causa de la lluvia incesante, nos acercamos a Santa María de Piasca, que nos presentaba su pórtico a cual más rico y su interior, que algunos veíamos por primera vez. Admiramos el sorprendente capitel de la Adoración de los Magos, concebido a la manera de las procesiones, con su clérigo portador de la cruz y su ángel "raro", dirigiendo la comitiva. Nos sorprendieron también las tallas góticas que se encontraban en el interior. El conjunto de capitel-tallas góticas en madera dejaba un regusto extraño, porque tanto se compenetraban, pues las tallas son obras muy notables dentro de su estilo, como se repelían: la maestría del capitel frente a la belleza masiva y relumbrante del dorado gótico.
 
      Rodear la iglesia para admirar la portada meridional y sus parejas de artesanos ya tuvo lo suyo de desafío con aquella lluvia tan fría. El contraste, lastimoso, lo pusieron los capiteles y metopas que aguardan de Día de la Salvación en una nave aneja.
 
     
                                  Asistentes guarecidos en el pórtico de Santa María de Lebeña
 
      La visita-paseo hasta el pequeño cementerio de Cabezón de Liébana, que conservaba la portada de la antigua iglesia me recordó otros cementerios con portada románica: curiosa transformación de las naves de las iglesias en camposantos, lo que nos recuerda tanto el paso del tiempo y el avance de nuestro propio final, como la plasticidad de la presencia de lo Sagrado en el mundo rural.
 
      La lluvia nos obligó a replegarnos hacia la hora de la comida. Los garbanzos tiernos del cocido y el suave acompañamiento de carne rivalizaron con la amenidad de la conversación y las bromas... que continuaron a la hora del café. Creo que nos dio tiempo a arreglar gran parte de la Historia de España y de algunos paises cercanos, aunque en ello parece que tuvo participación el orujillo que se añade a las infusiones, al parecer antiquísima costumbre del país.
 
Texto: Carmen Leal. Madrid
 
Fotos: Javi Pelaz. Santander
 
       

lunes, 27 de enero de 2014

SANTA CRISTINA DE LENA


     La iglesia de Santa Cristina de Lena se encuentra en el concejo de Lena, encaramada a una loma que se vislumbra desde bien lejos en un paraje montañoso que invita a ascender  y contemplar esta maravillosa joya arquitectónica altomedieval. No existe inscripción alguna que recuerde su fecha de construcción o consagración. Las similitudes estilísticas con Santa María del Naranco, época de Ramiro I, permiten una aproximación al año 850 y décadas posteriores, aunque no exactamente construída por el mismo arquitecto del Naranco, sí se trató de alguien vinculado al taller ramirense tras el ascenso al trono de Ordoño I, sucesor de aquel monarca. Se desconoce si la advocación actual se corresponde con la original, ya que su primera alusión documental es muy posterior, en 1610, hecho al que se une la escasa tradición de Santa Cristina en el santoral asturiano.

 


                                               (Entorno de Santa Cristina de Lerna)
     En el año 1893 se acomete una profunda restauración de la iglesia, aunque anteriormente, la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de la provincia de Oviedo, creada en 1844, lleva a cabo obras de consolidación del edificio, en peligro de ruina. Esta comisión pretendía recuperar el patrimonio prerrománico asturiano y hubo de vencer la indiferencia de la Administración Central para sacar adelante su cometido. De este modo en 1893 Juan Bautista Lázaro reinicia las obras de restauración, teniendo como objetivo primordial la reconstrucción de la bóveda que cubría la nave central.

                                                         (Cabecera oeste)

     En 1934 la iglesia sufre desperfectos en los paramentos exteriores que son reparados en la década de los cuarenta por Luis Menéndez Pidal, que también intervendrá  en 1966 y 1970. En 1980-1981 la arquitecto Mª del Pilar Benito Pallares consolida la bóveda central y construye un muro en la fachada lateral derecha.

 


                                                               (Muro norteño)
     Consta de nave única rectangular de 10 x 6 metros. Adosados a este cuerpo cuatro espacios rectangulares simétricos en mitad de cada fachada. A Occidente el cuerpo saliente conforma el vestíbulo.  El arco de medio punto de la portada descansa sobre columnas entregas con capiteles carentes de decoración. Sobre el vestíbulo la tribuna real a la que se asciende por una escalera de piedra adosada al muro del lado del Evangelio. Las excavaciones realizadas en 1993 han permitido descubrir cómo era la primitiva tribuna regia, con dos escaleras de acceso laterales y dos niveles de altura. El nivel más bajo sería la superficie de encuentro de ambas escaleras y los peldaños originales semejantes a los de la escalera del presbiterio, una gruesa losa sobre mampuesto. La cara frontal con una capa de cal pintada de amarillo. Pudiera tratarse tal vez de una galilea, tribunas vinculadas al teatro litúrgico navideño o pascual, en cuyo caso habría sido añadida en el siglo XI. Algunas piezas de piedra toba descubiertas indican que los lienzos interiores y la bóveda se hallaban revestidos de pinturas al fresco.

 


                                          (Cancel)
     La capilla se cubre con bóveda de cañón de piedra toba con una arquería ciega de dos arcos adosados a los muros Norte y Sur. En el testero se abre una ventana original trifora sin arcos, con cuatro columnas, dos exentas y dos adosadas. Los capiteles centrales llevan hojas y volutas, y collarino sogueado. La cornisa oriental apoya sobre canecillos lisos, fruto de una reforma bajomedieval. La restauración de 1893 imita esta configuración en las fachadas septentrional y meridional. La pequeña ventana abocinada de la pared sur del ábside también procede de época bajomedieval. La cámara abovedada orientada al Norte también conserva una ventana trífora contemporánea a la construcción del templo.

                                               (Iconostasio)

     La construcción es de sillarejo de caliza unido por mortero de cal y arena. Las esquinas de sillares a soga y tizón. Los treinta y dos contrafuertes elevados sobre el  zócalo que rodea el perímetro del edificio no se corresponden en su totalidad con los pilares interiores, por lo que no cumplen siempre la función de contrarresto.  Una arquería ciega sobre la que descansa la bóveda de cañón sustentada por arcos fajones recorre los muros interiores. Las arquerías descansan sobre capiteles cubicoprismáticos y fustes lisos.       

 

     El presbiterio se eleva 0.95 m. sobre la nave; se accede a él mediante dos escaleras laterales. En este lugar se levanta una curiosa construcción sin precedentes en la arquitectura asturiana ni aún en la visigoda. La conforma un triple arco sobre columnas de mármol con capiteles corintios.  Sobre estos arcos peraltados  el paramento superior se adorna con cinco magníficas celosías de origen asturiano y mozárabe.  La liturgia hispánica imponía una separación entre ambos espacios de culto en determinados momentos en que un velo debía ocultar a los clérigos de los fieles en un intento por realzar el sentido del misterio de la celebración y preservar el espacio sagrado. Se trató este tema en el Concilio IV de Toledo en el año 633. San Miguel de Escalada, León, conserva  también un iconostasio. En otras iglesias carentes de estas estructuras pétreas  utilizaban madera o cortinajes para cumplir este cometido. La monumental arquería que divide el espacio dataría del siglo X según algunos autores. Presenta una cierta influencia islámica. Este “iconostasio” posiblemente sustituyó a otro anterior según atestiguan algunas marcas en los muros y la disposición de los capiteles laterales.

                                               (Ventana trífora septentrional)

     Una inscripción aludiendo al año 643 d.C. en la celosía de la enjuta entre el arco central y el arco lateral Norte delata la procedencia  de la placa de piedra en que se labró el delicado dibujo de malla de huecos romboidales, se trata de una lápida funeraria  reaprovechada. La celosía de cinco arquitos de herradura situada sobre el arco central parece también de tradición mozárabe. Sobre al arco Norte celosía con hueco trazado en forma de cruz griega. Decora la celosía lateral Sur una cruz de brazos calados y rematados en semicírculo. Los capiteles corintios son también de origen visigodo con doble fila de hojas de acanto. Los dos centrales se adornan  con una venera en cada una de sus caras.

 

     El cancel colocado bajo la arquería es también una pieza reaprovechada visigoda de la segunda mitad del siglo VII. Consta de dos placas de piedra unidas por una central más estrecha. Lucen una riquísima decoración tallada a bisel y conservan interesantes inscripciones de diferentes épocas según se deduce de los caracteres grabados, letras visigodas y caracteres de influencia mozárabe. Los motivos ornamentales muestran gran similitud con otros relieves visigodos: tallos con forma de espiral en una placa de San Juan de Baños (año 621), o un relieve de cancel procedente de San Salvador de Priesca (921) en el Museo Arqueológico de Asturias.      

     Los capiteles de la arquería que enmarca los muros interiores de la iglesia muestran leones afrontados con la cabeza vuelta sobre el lomo de tradición bizantina. También se representa una figura humana frontal en posición hierática que porta un bastón. Destacan sobremanera los clípeos que decoran las enjutas de la arquería mural con motivos zoomórficos. Se conservan dos piezas  enmarcadas en un ribete sogueado que representan un jinete que lleva una lanza.          

 

     El hecho de que Santa Cristina conste de un solo acceso, la portada occidental, parece indicar un uso por parte de una comunidad de fieles indiferenciada, dedicada probablemente al servicio de un monasterio, aunque para algunos estudiosos pudo estar vinculada a una residencia real. 
Texto y fotos: Cristina Sánchez. Gijón

 Bibliografía:

 Arte prerrománico en Asturias. César García de Castro Valdés. Ménsula Ediciones.

Prerrománico Asturiano. El arte de la Monarquía asturiana. Lorenzo arias. Ediciones Trea.