jueves, 17 de abril de 2014

TURBA SCRIPTORIUM


                                  

      Hace un tiempo publiqué en este mismo blog un texto sobre la importancia que supuso, en tiempos de Carlomagno, la caligrafía carolingia como instrumento de salvaguarda de la cultura clásica greco-latina. Mas el artífice de aquel renacimiento carolingio no fue otro que el monje inglés, Alcuino de York, el brazo derecho del emperador. Aquél promovió a la sazón una legión de monjes copistas (turba scriptorium), que se encargó de la noble y trascendental misión de librar de su desaparición los escritos clásicos greco-latinos tras las invasiones bárbaras.
Recreación de un scriptorium (Foto: Javi Pelaz)



      Los monasterios, por tanto, a partir del siglo V se convirtieron tanto en un foco espiritual como en guardianes del saber clásico,  donde se redactaban crónicas, donde se estudiaban y se conservaban la historia y literatura clásicas y, en sobremanera, se copiaban textos. Uno de las más prestigiosos en este sentido fue la abadía carolingia de Lorsch, que, a finales del siglo VIII, salvaguardó y más tarde difundió al resto de los monasterios numerosas copias de los textos de antaño.

      Los cenobios -lo más pudientes económicamente- disponían de unas dependencias llamadas scriptoria, lugares donde los monjes amanuenses trabajaban, durante el tiempo no destinado a rezar. Recordemos que la orden benedictina fundada por san Benito de Nursia tenía y tiene aún como premisa esencial la conocida “ora et labora”.



      Tanta era la importancia de la labor que se desarrollaba en aquellos espacios cerrados  y silentes –para algunos tan sagrados como la capilla mayor- que el mismo Alcuino ordenó que se plasmara en cada uno de ellos el siguiente texto con letras bien grandes:
Dibujo: Javi Pelaz




    “Que aquí se siente, los que escriben las palabras de la sagrada ley y la enseñanza de los santos padres. Que se guarden de mezclar sus propósitos frívolos con estas palabras. Que se procuren obras bien corregidas y que la pluma de ave sea dirigida por el camino recto… Es una noble tarea la copia de libros sagrados, y al copista no le faltará su recompensa.” Y ésta era “cultivar los frutos del espíritu y cocer el pan celestial del alma.”

      Si nos atenemos a los comentarios de algunos de aquellos calígrafos plasmados en los márgenes de los manuscritos no todo resultaría “un pan celestial del alma”. La labor del copista requería muchas horas de trabajo en habitáculos húmedos, fríos y carentes de buena luz. Existen anotaciones de este tipo “el candil da poca luz”, o de este otro “qué frío hace en este lugar”. Ahora bien, para que no se enterase el monje encargado del scriptorium aquellas expresiones eran escritas en lengua vernácula o en latín vulgar dando origen a los primeros balbuceos de las lenguas romances como ocurrió con el castellano y otras lenguas románicas.

      Otros copistas fueron más explícitos en reflejar por escrito sus padecimientos físicos a la hora de trascribir un códice. Tenemos las quejas de Emeterio con expresiones como que su cuerpo se encorvó y su salud se debilitó profundamente escribiendo con la pluma.

      Siguiendo la misma línea del anterior Domingo y Munnio, al finalizar el códice de Silos, explican al lector la dureza y dificultad de su tarea:

“La labor del escriba aprovecha al lector; aquél cansa su cuerpo y éste nutre su mente. Tú, seas quien seas, que te aprovechas de este libro, no te olvides de los escribas, para que el Señor se olvide de tus pecados. Porque quien no sabe escribir no valora este trabajo. Porque si quieres saberlo, te lo voy a decir puntualmente: el trabajo de la escritura hacer perder, dobla la espalda, rompe las costillas y molesta al vientre, da dolor de riñones y causa fastidio a todo el cuerpo. Por eso tú, lector, vuelve las hojas con cuidado y aleja tus dedos de las letras, porque igual que el pedrisco destroza una cosecha, así el lector inútil borra el texto y destruye el libro.” Toda una advertencia pedagógica dirigida tanto a los lectores de antaño como los de hogaño.

      Una manera de allegar recursos económicos para el cenobio eran los encargos que solicitaban otros monasterios o particulares para adquirir algún que otro libro. Por lo tanto el abad elegía a los monjes mejor dotados para la caligrafía e iluminación eximiéndoles de otras tareas manuales. Aquéllos tenían que copiar a mano uno o varios ejemplares a la vez. Por lo tanto todas las hojas tenían que acabar con la misma palabra. Éstas eran revisadas por el monje supervisor y  si no coincidían el copista negligente era amonestado y castigado a repetirla.

      La mayoría de los artífices de aquellos códices fueron monjes anónimos. En cambio, unos pocos pasaron a la historia gracias a la  la creación de verdaderas obras como las que conocemos con el apelativo de “beatos”.

      A modo de resumen citaremos, a continuación, los nombres de aquéllos monjes artistas:

Magius que iluminó, entre 958 y 962, en el monasterio de San Miguel de Escalada, el “beato” que se conserva en la Biblioteca Pierpont Morgan de Nueva York. Además, inició otro “beato”, el del monasterio de San Salvador  de Tábara, que se conserva en la Biblioteca Nacional, que no pudo terminar.

Oveco, monje del monasterio desaparecido de Valcabado, realiza en el año 970 la copia del “beato” que se conserva en la biblioteca de la Universidad de Valladolid.

Emeterio concluye en el monasterio de San Salvador de Tábara el “beato” que había sido iniciado por Magius. Más tarde, junto con la monja Ende, ilustra el de Gerona custodiado en la catedral epónima.

Stephanus Garsia Placidus acaba en 1072 el “beato” de Saint Server-sur-l´Adour.

Texto: Javier Pelaz. Santander

Bibliografia:
"Beato de Liébana y los beatos". Enrique Campuzano Ruiz. Consejería de Cultura, Turismo y Deporte del Gobierno de Cantabria. 2006

       

 

1 comentario:

  1. Como me gustan esos manuscritos ilustrados del s. X, llenos de luz y color, ¡parece mentira!
    Pero también me gusta esa cosa que escribió un ¿monje? junto a las Epístolas de S. Pablo, en un librito que apareció en el Monasterio de Reichenau:
    "Pangur mi gato blanco,
    tiene un arte y yo tengo el mío.
    Para cazar ratones el aguza su ingenio,
    yo lo aguzo en mi oficio..."

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