martes, 27 de junio de 2017

LOS CANTEROS DE LA ÉPOCA ROMÁNICA



      Al no existir documento alguno que informe sobre la manera de construir edificios religiosos  y civiles en la Alta Edad Media ni en la época Románica (s. XI-XII), los historiadores y especialistas del mundo del arte tienen que echar mano de las ilustraciones de códices, de crónicas… y, en sobremanera, de hipótesis personales.

      El monje cluniacense, Raoul Glaver, es el autor de una obra en la que narra –de forma periodística- la angustia y el terror del apocalíptico año Mil.  Incluye un párrafo muy importante. Dice así: “Transcurridos tres años del cambio de milenio la Europa cristiana conoce un periodo de desarrollo económico. Es el momento de reedificar los edificios de las iglesias. Aunque la mayor parte, bien construidos,  una verdadera emulación empujaba a cada comunidad cristiana a tener uno más suntuoso que el de los vecinos. Se hubiera dicho que el mismo mundo se sacudía para despojar su vetustez y revestirlo de un manto blanco  de iglesias.”

Taller a pie de obra
  
  
      Desde el año 900 hasta 1050 comienza un desarrollo económico en toda Europa debido a la elevación de la temperatura -dos grados-, con que favoreció el cultivo de cereales y se multiplicaron las cosechas.  Al haber dinero se declara en toda la cristiandad occidental la fiebre de erigir iglesias bajo el patronazgo de abades, obispos y nobles. Fue necesario, por tanto, formar a los operarios de la construcción, principalmente canteros y albañiles. Tras el debacle del Imperio Romano la piedra desaparece en la construcción de todo tipo de edificios, y  es reemplazada por la madera.

      Esa labor de enseñar recayó, en un principio, en los monjes cluniacenses, que en los monaterios instalaron importantes escuelas de constructores, dirigidos por los llamados maestros de obra, cargo asimilable a los arquitectos actuales. También existía el maestro de canteros (doctor lathomorum), que  supervisaba todo lo relacionado con su oficio.

      Con el tiempo los canteros  –agrupados ya en gremios-,  se independizan de los monasterios y comienzan a viajar, llegando a ponerse en contacto con otros talleres, especialmente los de Borgoña e, incluso. con los alarifes árabes. Consistirá en un intercambio de ideas y conocer no sólo nuevas técnicas de construcción sino también nuevos utensilios y modernas máquinas elevadoras. 

Elevadores para izar sillares

      Hay signos lapidarios tallados en los sillares de muchas iglesias que son el sello identitario de un taller determinado, como el cuadrado cruzado de un cuadrifolio o el laberinto y el pentágono estrellado. Para poseer el sello de una manera individual los componentes del taller tenían que pasar por diferentes grados de la profesión: aprendiz, oficial y, finalmente, maestro. Además, sus conocimientos eran secretos y sólo se transmitían entre los miembros de un mismo gremio. Por ejemplo, los canteros trasmeranos utilizaban para comunicarse entre sí una jerga llamada “la pantoja” y  los de Asturias: la “xiriga”. 

Simulación de un taller románico

      Hasta hace no mucho la vida normal de los obreros era muy similar a la época románica. Habitualmente, trabajaban, comían y descansaban a pie de obra. Otras veces lo hacían en lugares permanentes, donde realizaban sus tareas un número indeterminado, que, en la mayoría de los casos, no sobrepasaban la veintena.

      Los avances de los talleres dependían de los medios de su profesión, es decir las herramientas y máquinas. Otro elemento a considerar de manera especial eran la materia prima: la escasez o la abundancia de los materiales: la piedra, la madera y los metales.  Acarrearlos suponía un gran esfuerzo y un gasto oneroso, ya que se utilizaban, en la mayoria de las veces, canales de agua construidos para tal fin.

Utilización de la polea

      Será a partir del año 1030 cuando se observa una mejora cualitativa de los artesanos locales de la construcción. Surge  la técnica de colocar sillares en hiladas "a soga y tizón", que se iría perfeccionando al paso del tiempo. Con ello los canteros se deshacen de la idea de que las piedras tenían un carácter sagrado; en un principio las colocaban con el mayor tamaño posible. La labra y colocación de las piedras era sincrónica, quiere decir que se tallaban en el mismo lugar de trabajo. Por lo tanto, esta manera de trabajar sólo se podía realizar en la época de buen tiempo. La presencia del maestro era fundamental. Él tenía a su disposición los instrumentos específicos de su profesión:  el compás de suelo, las cuerdas, la larga mira y el hierro angular.

Construcción de laTorre de Babel de la Crónica universal de Rudolf von Ems (1360)

      Con el tiempo la utilización de las máquinas elevadoras se consideró una revolución; el empleo de la polea, lo mismo que el molino de agua para serrar, batanear y martillear. Los avances suponían una reducción del tiempo de la obra y una mejora de las condiciones laborables de los obreros.  

      Finalmente, un elemento primordial no fue otro que el dinero. La erección de muchas iglesias se alargó en el tiempo debido a la carencia de recursos económicos. Es el caso de la Catedral de Santiago de Compostela, que según cuenta el Libro V del Códice Calixtino se puso la primera piedra en el año 1075 y se acabó en 1211.  Como bien dice Wanke: “El dinero constituía la energía principal que propulsaba la escala de la construcción más allá del horizonte local y hacía posible un nivel suprarregional.”

Texto y fotografías: Javier Pelaz

Bibliografía:
“El Pórtico de la Gloria”. Ramón Izquierdo Perrín. EDILESA
“Initiation à la symbolique romane”. M. M. Davy. FLAMMARION, 1977
“Los Talleres de Arquitectura en la Edad Media. Actividad constructiva en la Edad Media: Estructura y Evolución”. Dieter Kimpel. MOLEIRO EDITOR S.A.
"L´Europe est-ell née au Moyen Âge?" Jacques Le Goff. Éditions du Seuil. 2003 
"Firmado en la Piedra". Juan Luis Puente López. EDILESA

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